La importancia de leer a Michel Foucault.

Publicado por en Martes, mayo 14, 2013

Daniel Basurto"> Artes | Cultura y Humanidades | Destacados | Expresión | Filosofía

mr. foucaultMichel Foucault es sin duda una de las personalidades que más ha revisado la filosofía, las ciencias sociales, la sociología e incluso la ciencia, durante el segundo período del siglo XX. Su revisión de la historia de la locura, de la sexualidad y la prisión, abrió un panorama para el estudio de los lugares que estaban en la periferia de los temas de interés modernos, y sobre todo mostró los lugares que el pensamiento occidental habría dejado de lado y que en realidad mostraban más de su naturaleza que aquellos saberes privilegiados por el estudio. No por nada él mismo se concibe dentro del estudio de las heterotopías, es decir, los lugares de la diferencia. Su área de estudio se dirige a los espacios que no responden a una lógica en donde todos los saberes están en concordia y armonía, sino que están operando con sus lógicas propias como fuerzas listas para entrar en el juego de lo visible.

Fue en este mismo proceso de trastocar la legitimidad de los discursos que Foucault encuentra producciones teóricas que se hallaban fuera de los discursos predominantes, y a los cuales él llama saberes sometidos. “De modo que los saberes sometidos son esos bloques de saberes históricos que estaban presentes y enmascarados dentro de los conjuntos funcionales sistemáticos, y que la crítica pudo hacer reaparecer por medio de, desde luego, la erudición”[1]  Aunque, por otro lado, Foucault está entendiendo saber sometido a unos tipos de saberes que ha sido relegados, descalificados por no ser conceptuales y no estar suficientemente elaborados, esos saberes que no le atañen al “mundo científico” y que pertenecen a un orden menor. De ahí que el propio Foucault les denomine a este tipo de saberes como marginales o saber de la gente. Y este tipo de saber, lejos de parecer peyorativo, en realidad su propósito consiste en hacer explícita la existencia de un saber mucho más local, que no es unánime y que responde a una dinámica de pluralidad.

Podríamos decir que uno de los objetivos de Foucault era el de mostrar cómo fue que muchos de los discursos científicos adquirieron legitimidad producto de una centralización de fuerzas que, eventualmente, se asentaron y fueron creando poco a poco regulaciones que dieron como resultado una sedimentación. Pero esto no significa que sean inamovibles. Precisamente como son fuerzas que se han sedimentado, existen también otras fuerzas capaces de modificar la operatividad de ciertos discursos hegemónicos. La tarea en ese sentido consiste en hacer un examen sobre cuáles son las condiciones predominantes para que, a partir de ahí, se pueda operar en base a un diagnóstico.

Para Foucault la tarea de la filosofía consiste en hacer un diagnóstico del presente, es decir, una reconstrucción histórica. Y busca hacer este diagnóstico explicando un estado arqueológico (saber), genealógico (poder) y ético (dominio del yo) y, a partir de ahí, crear la constitución ontológica del sujeto. El presente no puede establecer una afinidad o linealidad, sólo la diferencia. Lo que nos constituye son una serie de divergencias que, al ver su movilidad, produce una sensación de alteración. La historia, la episteme, es un juego, un vaivén donde no hay intencionalidad, es decir, arqueologías, estructuras que se crean a partir de una formalización. La idea de arqueología quedaría desplazada en tanto que reconstruye una estructura de verdad, lo que en la genealogía no podría ocurrir pues se atiende en esta a las diversas fuerzas caóticas que imposibilitan que se puedan estructurar los discursos que conforman al hombre en base a un curso bien definido y organizado. Aún así la idea de arqueología es también utilizada con la genealogía para dar mejor cuenta del presente, no son opuestas, se complementan en tanto que en aquella se supone la idea de condiciones previas que dan cuenta de las condiciones actuales. Éstas son caóticas y, aunque por momentos son organizadas, tienden a quebrarse para formar otras relaciones: “[…] es descubrir que en la raíz de lo que conocemos y de lo que somos no están en absoluto la verdad ni el ser, sino la exterioridad del accidente”.[2]

En esta búsqueda de Foucault por entender cómo puede describirse la fuerza, parece casi imposible dentro del discurso no llegar a resultados que hacen referencia a la guerra, a la opresión, a la lucha constante de fuerzas. Esto se da en el plano de lo económico, pero también, y de formas más evidente, dentro de las relaciones políticas, en donde se observa operaciones de represión que pueden resumirse en una serie de dicotomías, por ejemplo: opresión/lucha, represión/guerra, etc., en donde el punto que quiere manifestarse es que, ya sea mediante la fuerza como tal o la fuerza dentro de los discursos políticos disfrazados de paz, siempre existen relaciones de poder que estimulan todo tipo de relaciones dentro del ámbito político, científico, económico, social, etc. Estos tipos de relaciones de fuerza deben entenderse como condiciones trascendentales; pero la propuesta no se dirige ya en términos de un sujeto trascendental a-histórico, sino más bien bajo la idea de un a priori histórico. La ontología del sujeto se da por medio de las condiciones históricas, a lo que él llama ontología histórica, la cual marca el horizonte epistémico del sujeto.Exif_JPEG_PICTURE

Para Foucault el término de ser se reemplaza por el de experiencias históricas, que tienen a su vez criterios del dominio del saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad. Bajo estas condiciones, toda formulación que pretenda formar una ontología del sujeto tiene que saber que sus discursos “[…] exigen una teoría, y esta teoría no puede formularse sin que aparezca, en su pureza no sintética, el campo de los hechos de discurso a partir del cual se los construye.[3] En pocas palabras, no puede existir una formulación ontológica del sujeto sin recurrir a las relaciones históricas que le brinde unas condiciones de posibilidad específica al sujeto. Foucault replicaría que no existen condiciones trascendentales sin pensar en que se originan en los hechos históricos, que además tienen condiciones que pueden ser enfrentadas y superadas. Así entonces, no puede existir un sujeto trascendental con fundamento fuera de la historia; si este fuera el caso, la idea de hombre ya estaría dada y no sería posible determinar al hombre más allá de lo que el sujeto trascendental ofrece. El hombre no podría ser evaluado y examinado sin su relación histórica en el mundo, cosa que para Foucault es imposible pensar, además de que supondría una noción metafísica de la historia que de antemano supone fuerzas inamovibles en base a una única racionalidad.

De ahí entonces que el pensamiento foucaultiano tenga mucho potencia, ya que abre la posibilidad de poner en juego nuevos saberes, nuevas formas de aparecer que no dejan de negociar nunca con las epistemes hegemónicas, del género que sean: científicas, políticas, sociales, culturales, en fin. Foucault propone poner en entredicho, entre una palabra y otra, pero a la vez ninguna; ofrece entender que los espacios nunca están definidos y siempre hay una nueva apuesta en cada movimiento de saberes que permite la movilidad de nuestros marcos de representación, en modificar nuestras posibilidades de aparición dentro de cierto los registros de visibilidad.  De ahí su famosa frase, El poder no se tiene, se ejerce, lo cual es una forma de decir que, en tanto que el poder son juegos de fuerzas caóticas, nos podemos insertar de tal modo que dichas fuerzas actúen bajo nuestra voluntad.



[1] Foucault, Michel. Defender la sociedad. Ed. Fondo de Cultura Económica, Argentina, 2000. Pág. 21.

[2] Foucault, Michel. Nietzsche, la genealogía, la historia. Pág. 4 (Versión PDF). Artículo en web.

[3] Foucault, Michel. La arqueología del saber. Ed. Siglo XXI, México, 1970. Pág. 42.


Daniel Basurto

Daniel Basurto

Sumamente incrédulo y fácilmente impresionable. Interesado en los procesos y mecanismos que han formado al sujeto posmoderno occidental, así como sus adicciones y contradicciones. Fiel creyente de la fuerza creadora del lenguaje.

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